Han pasado 41 días desde el 20 de diciembre donde el cordón umbilical se cortó de raíz. Parece mentira que en diciembre de 2025 dejara de fumar y pasara un síndrome de abstinencia terrible. Ahora, justo un año después, tengo que dejar de amar. Ambas cosas, por la fuerza. La primera, porque un virus intentaba asolarme los pulmones, órganos más débiles de mi cuerpo por aquel entonces por ser fumadora. Y la segunda, porque la otra parte que componía mi relación, se cansó del compromiso.
Las relaciones agotan,
sí, pero sobre todo y como yo pensaba, cuando no estás enamorada. Ahora, 41
días después, 31 de enero, creo que también quema una pareja sabiendo que no
querrás a nadie igual. Decepciona haber dado tanto durante años y recibir un
portazo inesperado pasada una década donde has dejado los mejores momentos de
tu vida, o eso crees, porque desde que nací, seguramente tenga buenos
recuerdos, aunque ahora esté empeñada en solo rememorar, para cubrir el frío
que siento, estos años recientes.
Además de la decepción,
también aparece el agotamiento. Que llames y no puedan hablar, que esperes que
hagan lo que tú harías, que te den las buenas noches a la hora de siempre y no
por la tarde, esa sensación de que la otra persona tiene una carga y no una
compañera de vida con la que compartir su viaje. Esa intuición femenina de
vérselas venir.
Agotada y decepcionada.
Sí, así me encuentro el día de mi aniversario, 31 de enero. 41 días después de
haber pasado por la negación y no sé cuántas fases más del duelo, de los cuales
23 llevo en Fuerteventura. En 23 días solo he cruzado la calle para ir a
trabajar. Menos mal que de mi portal al instituto solo hay que atravesar un
paso de cebra. Bendito momento en el que me hablaron de esta casa. Y a la tienda
de abajo del barrio cuando necesito cosas para comer. Pero hoy es nuestro
aniversario.
Por primera vez en cinco
años que llevo en Canarias, ningún compañero de trabajo me trae bombones a casa
o flores desde alguna tienda del pueblo donde ella pagaba desde la distancia a
través de google y haciendo uso del bizum. Hoy solo quedan los recuerdos de
Facebook que me han revuelto las tripas, ahora que estaba cicatrizando mi
estómago de dos gastroenteritis seguidas. Nadie me escribe, nadie me llama, no
me salta ningún corazón por ningún lado, ni siquiera siento el mío. La vida se
me apagó un 20 de diciembre, aunque ya me fuera avisando con señales, era
crónica de una muerte anunciada. Pero me negué en rotundo a creerlo. Aún hoy,
me siento en ese punto intermedio de que, si me llamara para volver, lo
pensaría, aunque de repente releo los mensajes de autoayuda de Instagram y creo
que estoy perdiendo la dignidad.
Todavía no tengo ganas de
salir de casa, de relacionarme con gente, no sonrío y ni siquiera he bajado la
cuesta para conocer el nuevo gimnasio al que escribí para apuntarme y luego les
puse un mensaje de que estaba enferma. Ya me ha salvado la vida muchas veces el
deporte, como me salva la lectura. Mi madre, me dice en las videollamadas que
tengo ojeras, pero es la regla, o me pregunta por qué no salgo, pero le cuento
la barbaridad de viento que hace aquí, que los temporales son terribles y que
no se puede hacer planes, cuando el sol entra de pleno por la terraza. Además,
me llega el trabajo al techo, le digo. Pero no hago nada. Apenas lo justo. Con
todo esto, por fin he aprendido que soy mi prioridad, que nadie va a sacarme
del pozo sino lo hago yo misma. No tomé más pastillas, no quiero medicación,
quiero sentir la realidad en la piel y llorar desde el alma. Quiero arder de
dolor para no volver atrás, al menos, no cometer los mismos errores.
Finalmente, no hablé con
la psicóloga. No siento que quisiera ayudarme, que me dejara pasar la tristeza
sola en vez de acompañarme en el duelo, no me hizo mucha gracia. Ahora no la
quiero, aunque quizá la necesite, pero no ansío hablar con nadie. Mis amigas no
aparecieron más las pasadas navidades, nadie quiere pringarse cuando conocen a
las dos partes. Yo sigo pensando que una amistad siempre te va a escuchar si
llevas conociéndola y ayudándola en todo lo que has podido tantos años, pero no
todos somos iguales. Así que también he entendido que cada persona tiene su
propia forma de actuar y ver la vida, y que no podemos obligar a nadie a
permanecer a nuestro lado. Cuánto me está enseñando todo esto. Desde los 27
años había olvidado lo que se sentía ante un duelo por abandono. Es exactamente
lo mismo, no hay edad para el dolor.
Hoy es mi aniversario, no
voy a brindar con nadie, hoy, solo quiero felicitarme a mí misma por seguir
respirando, poder levantarme cada mañana, aunque no sepa de donde provienen las
fuerzas, o quizás sí, pero me da vergüenza contarlo. Cada día, cuando me despierto,
me miro al espejo, veo mi cara pálida, la playa me espera, mi mar me aguarda,
pero no tengo entereza para llegar hasta él, se me queda tan grande, no sé si
es miedo o inseguridad, aunque necesito perderme en sus brazos. Hay obstáculos
invisibles que la mente construye, otra depresión, otra época de pena, donde
toca reconstruirse y coserse los jirones de la piel.
Hoy es mi aniversario,
solo mío, yo me he regalado dos bolas de chocolate y una rica paella que me
haré con mucho mimo. Luego me daré una ducha caliente y conectaré con un
seminario dedicado a la dislexia al que me ha invitado una amiga de las de
verdad, de esas con las que solo brindo una vez al año si se da el caso, pero
que está de mi mano sin tan siquiera poder verla. Y finalmente, dormiré
tranquila, felicitándome por estar acreditada en Igualdad por el gobierno de
Canarias. Otra ilusión cumplida. Hoy, es mi aniversario, por conseguir, pese a
la tristeza, poder seguir adelante cada día, poner los pies en el suelo cuando
despierto, lavarme los dientes, mirar al cielo y dar las gracias. Lo demás, tan
solo es tiempo…
Fuerteventura 31 de enero de 2026.
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