miércoles, 8 de abril de 2026

La fábula del pajarillo y el gato

 

Le abrieron la jaula al pajarillo y no quería salir. Le dieron golpes a los finos barrotes, pero seguía dentro. Se resistía a abandonar el calorcito que le habían dado los años en aquella pequeña guarida donde no le faltaba el agua y el alpiste. Metieron la mano para cogerlo, no se dejaba, esquivando los intentos dando pequeños saltos impulsado por sus inertes alas. La volcaron del revés, y nada, hasta que dejaron de cuidarlo y tuvo que salir a comer y a beber, pero siempre volvía buscando la mano que lo había estado acariciando tantos años y que sin darse cuenta, se hizo invisible. Seguía vivo por inercia, conformándose con las migajas que quedaban por tal de no salir de su zona segura. El pajarillo ya no cantaba, ya no servía para nada, ni siquiera decoraba la nueva casa, no había espacio para él, sobraba en cualquier estantería donde se recogían recuerdos. Y eso pasó a ser, un recuerdo. - Lo siento, pajarillo, pero prefiero vivir sin nada que me ate a tener una responsabilidad, y a ti, hay que cuidarte.

El animal, pasó de ser la luz del hogar, la medicina en tiempos difíciles, el canto celestial en rachas de tormentas, el que escuchaba los llantos desconsolados en madrugadas de insomnio o  el que se dejaba acariciar para curar la soledad, a ser sustituido por la artificialidad del mundo consumista capitalista, por noches de fiesta, de conocer a desconocidos. Pasó a ser el que aguarda que lo saluden para dormirse tranquilo, a esperar por la ventana que alguien llegue o vengan a visitarlo, a mantenerse con picotear el papel de periódico que recoge sus miserias sin que nadie lo limpie. El que dejó de cantar sin que nadie se preguntara por qué ni lo llevaran al veterinario. Total, es un pajarillo. Y ya ha cumplido su función.

No tuvo más remedio que salir de la jaula, pero se quedó posado en el quicio de la ventana, aguardando una oportunidad de que le abrieran la puerta por navidad. Nunca ocurrió. Pero siguió con la esperanza de que algún día, llegara el momento, de que se dieran cuenta que, con solo una caricia, un poco de agua y pan, sería capaz de volver a cantar. Lo que el pajarillo no sabía, es que estaba perdiendo la dignidad.

 Siguió revoloteando, mirando a través del cristal como pasaba desapercibido, abría sus alas, aparentaba posar radiante, aunque por dentro tuviera el alma rota.  Y continuaba allí, enfermaba del frío, la humedad, las noches en vela, el llanto desconsolado, pero seguía esperando. Hasta que un día, un gato asomó por el tejado y lo vio en el quicio de la ventana, sin apenas plumas, agotado, desnutrido, sin recordar que alguna vez cantaba, abatido. Y le dijo el gato: mira abajo, la persona que tú cuidabas acaba de salir de una tienda de animales y trae en la mano una jaula dorada con un nuevo pajarillo. Ahora él ocupa el vacío que tú dejaste. Es hora de volar, seguías en la jaula sin darte cuenta, aferrado al filo de la ventana esperando que una mano te volviera a dar la oportunidad de vivir en un hogar lleno de amor. Pero por más que hagas, el amor se acaba, todo tiene un final, al igual que la vida. Nunca olvides, que el mismo día que te inviten a salir, debes irte sin mirar atrás. Si sigues aquí cuando el otro pajarillo esté cantando, lleno de vida, siendo acariciado por la misma mano donde saltabas de dedo en dedo hasta su hombro y dormías agazapado cada noche, recuerda, que habrás perdido tu dignidad, y eso, querido amigo, es lo más preciado que tiene el ser humano, porque detrás de ella, ya no nos queda nada.  Es hora de partir pajarillo. No ha llegado tu momento, aunque te sientas morir en cada atardecer, cuando el arrebol da paso a la noche. No vas a perecer, solo has olvidado que sabías volar, como lo hacías en aquellos escenarios donde un 4 de abril, bailando a la vida, entraste en aquella maravillosa jaula de donde no hubieras querido salir nunca, pero que, por algo, te soltaron. Vuela sin descanso,cual ave migratoria en busca de otros parajes alrededor mundo, donde sigas soñando y amando con intensidad, y no salvando a los demás, sino, a ti misma. Y es que no eras un pajarillo, sino una golondrina libre y salvaje que no se acordaba que la libertad, como las amapolas de la Vega, nunca te la podrán arrebatar porque por más que mueran en invierno, vuelven a brotar entre los trigales, por primavera. Carpe Diem. 

Gracias a mis gatas salvajes, por no comerme, sino por arrancarme las vendas de un zarpazo y lamerme las heridas.

 


Fuerteventura

08-04-2026

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