Le abrieron la jaula al pajarillo
y no quería salir. Le dieron golpes a los finos barrotes, pero seguía dentro.
Se resistía a abandonar el calorcito que le habían dado los años en aquella
pequeña guarida donde no le faltaba el agua y el alpiste. Metieron la mano para
cogerlo, no se dejaba, esquivando los intentos dando pequeños saltos impulsado
por sus inertes alas. La volcaron del revés, y nada, hasta que dejaron de
cuidarlo y tuvo que salir a comer y a beber, pero siempre volvía buscando la
mano que lo había estado acariciando tantos años y que sin darse cuenta, se
hizo invisible. Seguía vivo por inercia, conformándose con las migajas que
quedaban por tal de no salir de su zona segura. El pajarillo ya no cantaba, ya
no servía para nada, ni siquiera decoraba la nueva casa, no había espacio para
él, sobraba en cualquier estantería donde se recogían recuerdos. Y eso pasó a
ser, un recuerdo. - Lo siento, pajarillo, pero prefiero vivir sin nada que me
ate a tener una responsabilidad, y a ti, hay que cuidarte.
El animal, pasó de ser la luz del
hogar, la medicina en tiempos difíciles, el canto celestial en rachas de
tormentas, el que escuchaba los llantos desconsolados en madrugadas de insomnio
o el que se dejaba acariciar para curar
la soledad, a ser sustituido por la artificialidad del mundo consumista capitalista,
por noches de fiesta, de conocer a desconocidos. Pasó a ser el que aguarda que lo
saluden para dormirse tranquilo, a esperar por la ventana que alguien llegue o
vengan a visitarlo, a mantenerse con picotear el papel de periódico que recoge
sus miserias sin que nadie lo limpie. El que dejó de cantar sin que nadie se
preguntara por qué ni lo llevaran al veterinario. Total, es un pajarillo. Y ya
ha cumplido su función.
No tuvo más remedio que salir de la jaula, pero se quedó posado en el quicio de la ventana, aguardando una oportunidad de que le abrieran la puerta por navidad. Nunca ocurrió. Pero siguió con la esperanza de que algún día, llegara el momento, de que se dieran cuenta que, con solo una caricia, un poco de agua y pan, sería capaz de volver a cantar. Lo que el pajarillo no sabía, es que estaba perdiendo la dignidad.
Siguió revoloteando, mirando a través del cristal como pasaba desapercibido,
abría sus alas, aparentaba posar radiante, aunque por dentro tuviera el alma
rota. Y continuaba allí, enfermaba del
frío, la humedad, las noches en vela, el llanto desconsolado, pero seguía
esperando. Hasta que un día, un gato asomó por el tejado y lo vio en el quicio
de la ventana, sin apenas plumas, agotado, desnutrido, sin recordar que alguna
vez cantaba, abatido. Y le dijo el gato: mira abajo, la persona que tú cuidabas
acaba de salir de una tienda de animales y trae en la mano una jaula dorada con
un nuevo pajarillo. Ahora él ocupa el vacío que tú dejaste. Es hora de volar,
seguías en la jaula sin darte cuenta, aferrado al filo de la ventana
esperando que una mano te volviera a dar la oportunidad de vivir en un hogar
lleno de amor. Pero por más que hagas, el amor se acaba, todo tiene un final,
al igual que la vida. Nunca olvides, que el mismo día que te inviten a salir,
debes irte sin mirar atrás. Si sigues aquí cuando el otro pajarillo esté
cantando, lleno de vida, siendo acariciado por la misma mano donde saltabas de
dedo en dedo hasta su hombro y dormías agazapado cada noche, recuerda, que habrás
perdido tu dignidad, y eso, querido amigo, es lo más preciado que tiene el ser
humano, porque detrás de ella, ya no nos queda nada. Es hora de partir pajarillo. No ha llegado tu
momento, aunque te sientas morir en cada atardecer, cuando el arrebol da paso a la
noche. No vas a perecer, solo has olvidado que sabías volar, como lo hacías en
aquellos escenarios donde un 4 de abril, bailando a la vida, entraste en
aquella maravillosa jaula de donde no hubieras querido salir nunca, pero que,
por algo, te soltaron. Vuela sin descanso,cual ave migratoria en busca de otros parajes
alrededor mundo, donde sigas soñando y amando con intensidad, y no salvando a los demás, sino, a ti misma. Y es que no eras un pajarillo, sino una golondrina libre y
salvaje que no se acordaba que la libertad, como las amapolas de la Vega, nunca
te la podrán arrebatar porque por más que mueran en invierno, vuelven a brotar entre los trigales, por
primavera. Carpe Diem.
Gracias a mis gatas salvajes, por no comerme, sino por arrancarme las
vendas de un zarpazo y lamerme las heridas.
Fuerteventura
08-04-2026
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