sábado, 4 de abril de 2026

Monarca...

 

Hoy es el día 55, apenas he notado que hemos cambiado de año. Dicen que comienza el 1 de enero, pero yo sigo sin creerlo. El año nuevo llega en primavera. Enero es frío, es cambio, es humedad, son borrascas por dentro que no sabes dónde te acabarán llevando. Diciembre remueve por dentro, recuerda a aquellas épocas depresivas en los cambios de estación. Mantas que te acurrucan los dolores, franela que te seca el llanto, recuerdos de tus muertos en la cabeza con los que acabas soñando, muertos más vivos que los vivos, porque al menos ellos te acarician cuando los imploras, cuando hay personas en la tierra que, aunque les ruegues, ni siquiera te abrazan, qué incongruencia. Nadie es capaz de valorar una caricia hasta que la pierde.

Aceleré mis pasos, cuanto más rápida caminas, más se alivia la aureola imaginaria que envuelve el alma, va dejando de apretar por el camino incierto hacia la nada mientras la app que cuenta kilómetros va cantando los pasos, los minutos, y te intentas superar en el siguiente. Te vas cruzando con caras desconocidas, turistas, sobre todo, la gente está en sus casas, con sus familias, con sus parejas haciendo planes, quién sabe…también hay personas que están viviendo una guerra, en el hospital, o a punto de abandonar este mundo. Así que mientras sigues a un ritmo que dista mucho del de hace unos años, la edad no perdona, intentas dejar la mente en blanco sin resultados. De repente, se abre la avenida y se ve el mar, aunque ya venía viéndolo por todo el camino, pero no me di cuenta, me cuesta a veces, mantener la atención hasta que no me relajo. TDAH sin diagnosticar, al final acabaré creyéndolo.

Una mariposa monarca en el suelo, intentando alzar el vuelo, tenías las alas intactas. Cuando fui a liberarla, me di cuenta que no podía hacerlo. Parte de su cuerpo estaba pegado al suelo, si tiraba, moría, si la dejaba allí, acabaría devorada por las hormigas. Ellas duran días nada más nacer, pero esta, viviría menos que lo que marca su ley natural. La acaricié, pensando que a veces no podemos alzar el vuelo y quedamos atrapados en un cemento que nos ahoga, nos oprime y nos acaba asfixiando. La vida real, nuestras historias mismas. A veces, por más que queramos salir volando, no podemos, la sangre seca que atrapaba al insecto bien representa las emociones humanas. Hay momentos en los que deseamos soltarnos de algo o de alguien, y el poder de la mente, nos limita, nos arrebata las fuerzas. Y otras, que obviamos lo que nos amarra y agitamos las alas hasta romper cadenas, aunque muramos en el intento y luego toque recomponerse.

Quizá el ser humano también sea cemento, quizá las personas que nos rodean también sean mariposas. Los hijos vuelan de casa, las parejas se separan, las amistades se distancian…y para todo ello hay que ser fuerte, estar mentalmente preparados. Nadie se retira sin llanto, sin pena, sin mirar atrás. Porque da pánico tener toda la vida por delante y saltar al vacío en soledad para construir una nueva vida lejos de aquello que te cuidaba, que te daba calor, que te mecía, donde no te hacía falta nada o quizá si, por eso nos vamos y cambiamos de lugar. El ser humano tiene que evolucionar solo, para poder luego hacerlo en comunidad. No es fácil, pero merece la pena. El camino es duro, pero es de cobardes quedarse aun teniendo las puertas abiertas. Qué cobardes más valientes.

Me quité la ropa, la dejé sobre la arena fría, todavía mojada de la crecida de la noche. Y me adentré en la mar. Sangre congelada, cuerpo inerte, me metí debajo de las olas, una, dos, hasta tres veces…calma. La simbiosis de tu cuerpo con la fuerza del agua es sosiego, es medicina natural, es descanso, todo se ordena.  Me veía los pies, las manos que querían acariciar los peces que pasan en pequeños grupos, familias enteras rodeando tu cuerpo, el faro al fondo, aguardando la noche para brillar entre la oscuridad y el arrebol de la tarde.

Seguí caminando, sin mirar más hora que la que marca el sol, sin prisa, pero sin pausa, al medio día ya agota subir la montaña camino a casa con más de veinte grados. Me di una ducha, me daba pena lavarme la cabeza. Si te fijas, cuando sales del agua salada, tu pelo está más bonito que nunca. La gente sale corriendo a echarse productos químicos, cremas hidratantes, mascarillas, champús de olores, y no sabe, que la pureza de la mar hay que dejarla reposar al menos un día. La industria nos tiene absorbidos, hemos dejado de ver la naturaleza como sanación, como único camino para la belleza. Y como las borrascas, las mareas, todo vuelve a su ser por más que intentes retroceder en el tiempo.

Me senté a comer, mirando la pared, en la que te veía silueteada mojando pan en el plato. No he comprado mojo, ni había papas, yo tomaba agua sucia como tú le llamas a mis potajes de verduras y sonreía. Me sentía como aquella mariposa, aún no puedo soltarme de tu recuerdo. Yo no moriré aleteando, pereceré volando en algún lugar donde las olas mezan mis recuerdos.

Ahora miro las fotos del domingo, un mirador para enamorados, vacío, hueco, con vistas al mar. ¡Con cuántos besos lo hubiera llenado! Pero de repente despierto y pienso: ¿cuántos de ellos hubieran sido recíprocos? Y me consuelo pensando que no soy una monarca, que tengo que arrancarme del suelo, seguir volando a pesar de la herida abierta y vivir…vivir…que solo el agua salada, cicatrizará mi alma por primavera.



 

Fuerteventura 8-02-2026

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario