Cuando el amor es recíproco, no sentimos los órganos de nuestro
cuerpo. Vivimos por inercia, en volandas, en una nube, entre los sentimientos,
el trabajo, la rutina, los besos al saludar, al despedirnos, los mensajes porque
amanece, las buenas noches porque me rindo al sueño y tengo que despedirme, un
cómo estás a mitad de la jornada laboral, mira el pantalón que me compré ayer,
ya te lo dejaré cuando quieras. Respiramos sin darnos cuenta, vamos a un ritmo
casi frenético que olvidamos el interior del caparazón que nos acompaña a lo
largo de nuestra vida.
Y de repente, en un segundo, mueren años…un segundo me bastó para
mirarte a los ojos, para sentir el vacío, un terraplén por donde echaste a
rodar aquel amor que me profesabas hace no recuerdo cuanto, porque llevaba
haciéndome la remolona mucho tiempo. Quizá un año, quizá dos…llenando ese hueco
con otras sonrisas, con la familia, con las amigas, con copas de vino donde
perdía el sentido, donde brindaba pidiendo que me quisieran más y mejor. Me
acostumbré a vivir con las migajas, pero nunca lo acepté, creyéndome tantas
excusas, tantos dolores, tantas depresiones, mientras sabía de sobra que cuando
hay amor, todo eso queda en un segundo plano. Me acostumbré a que me quisieran
a medias mientras lo daba todo.
Aquel 30 de agosto de 2025 sabía que comenzaba el principio
del final. Me quedo, me dijo. No vuelo contigo. Y todo se esfumó. La oportunidad
perfecta para ir soltándome de la mano, el momento ideal para quitarse la
mochila que tanto le pesaba y que no sabía cómo bajarla de sus hombros. Había
aprendido a volar, ya todo le sobraba. Me dijo que había tenido buena maestra,
y que prefería su libertad. Al fin y al cabo, tendré que quedarme con que he
servido para algo. Para hacer de alguien que perdió su espíritu, una mujer
empoderada, al final, voy a tener que creer, que esa era mi misión.
Diez años, de lucha, aunque a ella no le guste la palabra. De
batallas, de miedos, de amoldarnos al mismo sexo, de rechazo social, de
reproches familiares, de pérdidas de amistades, de no tener nada y aprender a
nutrirnos de amor. De sentarnos un mes de julio en la vega del pueblo a
comernos un bocadillo de tortilla, pero felices porque nadie podía con
nosotras, de tener que salir cuando llovía para agarrarnos debajo de un
paraguas sin que nadie nos viera, de amarnos a escondidas, de habitaciones
mugrientas porque solo juntábamos veinte euros entre las dos, de ropa rozada,
solas, ellas y yo. Solas en un mundo que no nos miraba. Siempre decíamos, que
el resto cerraba la puerta y se metían en sus casas, qué maravilla imaginar
cuando a nosotras nos tocara. Miedos de enfrentarnos a la verdad, obstáculos
que no podíamos sortear, dejamos pasar los años sin poder dar grandes pasos.
Todo estaba en contra, con las carteras vacías, pero con el corazón lleno.
Depresiones, angustias, pero siempre abrazadas, en un cortejo que se hacía
eterno pesara a quien le pesara. Y en un segundo…se fueron diez años…en un
segundo, al menos eso me pareció a mí, quizá fueron más, pero no quise verlo.
Evolucioné tanto como persona, como pareja, que evadí los
celos y reforcé el compromiso, todo parecía una nueva etapa, un nuevo regalo de
la vida que llegaba con la navidad, otro aniversario, ya sin escondernos. Ya
aceptadas, ya con algunos euros en el bolso y una tarjeta de crédito. Ya apenas
nos compartíamos nada, total, muchas horas de trabajo y la distancia… ¿Cómo sin
tener nada lo teníamos todo y cómo teniéndolo todo ya no teníamos nada? Era el
momento perfecto. La vida nos estaba cambiando en lo material, pero por dentro,
nos habíamos roto. ¿El qué? Nunca lo sabré, o quizás sí. Solo necesito tiempo.
No dejo de llorar, dicen que estoy en la fase de aceptación,
pero no puedo aceptar, aunque me lo expliquen cientos de veces. Una separación
amando, es de lo más doloroso que existe, dejar marchar sin poder agarrarla del
brazo y frenarla: no te vayas. Han sido las peores navidades que recuerdo,
escribo estas líneas llorando, porque es lo único que me sale de dentro, llanto…y
siento cada órgano de mi piel en este vacío que aprieta. Sobre todo, el
estómago, aunque creo que soy capaz de apreciar como mi alma se encoge, el
corazón ya no palpita, no siento mi cuerpo…no siento nada…soy inmune al dolor…
Aquella navidad, lo intenté todo, reservé las mejores mesas mientras
la hacía reír con todo lo que se me ocurría, la intenté convencer de que
estábamos en el mejor punto de la relación, hasta que me agoté. No había nada
ya dentro de aquella persona que le hiciera sentir un atisbo de amor hacia mí.
Cariño, quizá pena, o compasión. Y decidí abandonar la batalla, me estaba haciendo
daño luchar a contracorriente, no había nada que hacer, agoté todas las
posibilidades. Le di un beso en la frente y le deseé buen camino. Y aquel 3 de
enero a las 18.00 horas de la tarde caminé sola bajo la lluvia, sintiendo la
soledad por las calles entre su casa y la mía, vagando entre la sinrazón y el desconsuelo,
perdida entre el patrimonio que me vio nacer y que ahora me veía muerta en
vida, soñando con ser el gorrión que estaba bajo la teja esperando que
escampara, no quería llegar a mi casa. Se escuchaban las risas de las familias
reunidas en las cocheras, olía a chimenea, nosotras ya no éramos nada de eso.
No viviríamos juntas, no compartiríamos calor, no comeríamos un domingo al
medio día ni haríamos el amor hasta que yo tuviera que marcharme a casa por no
aguantar la cara de disgusto de una madre a la que respetaba sus tiempos, quizá
demasiado, pero ese no es el caso.
Quien ama no se va, quien ama no duda, quien ama, se queda…yo
me voy amando porque me cerraron las puertas. Y ahora divago, tengo pesadillas,
me acurruco sobre mi propio cuerpo, me protejo sin más calor que la ducha antes
de dormir, siento frío las 24 horas del día, nada me llena, nada me hace reír,
nada siento…rezo sin creer, leo sin poder imaginar, miro la tele sin ver nada,
trabajo sin pizarra, no transmito nada, el alumnado me nota apagada, escribo
con b en vez de con v, desorientación, lo llaman.
Me tomé unas pastillas para evadirme de la realidad, solo la
retrasé. Estoy de duelo, llamo a una psicóloga, que me dice que no puede atenderme
en estas condiciones, que tengo que dejar un tiempo de reposo, que tengo que
pasar la pena, que tengo que tener claro el objetivo del acompañamiento en
terapia, no hay ayuda, pasa tu dolor a pelo, el móvil vacío, no hay nadie, lejos
de casa, aunque tampoco podría llorar mi pena en familia. Que alguien me
arranque las entrañas, el corazón está donde se supone que tenemos el estómago,
me duele y sangra, el organismo al revés. Es la cuarta vez que acudo a
urgencias, nada preocupante, pero no estoy bien, quizá crea que cuando el celador
te pasa a enfermería, alguna varita mágica de la medicina te va a curar. Pero
sale una peor que entró. Y sin
diagnóstico. Antibióticos, faringitis, de 600, paracetamol, gastroenteritis,
mareos fisuras anales, fiebre, somatización. Dolor y sangre, sangre y dolor. El
cuerpo reseteando. Y yo, agarrada a la esperanza de que, como las flores,
resucitaré por primavera.
Fuerteventura 17.01.2026.

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