Era mi regalo de reyes, pero no
llegué a tiempo. Ya se había tatuado el cuerpo. También era el mío, pero me vine
sin nada, con un bolígrafo que guardo en casa para ocasiones especiales, como
el tesoro que no quieres volver a perder. Y un anillo, que llevo incrustado en
el dedo desde la última oportunidad que nos dimos hace seis años. Me llegaron
tarde las imágenes a tres mil kilómetros de casa, salió de la cita y olvidó
compartirlo, estaba antes el trabajo. Desde septiembre, esa empresa comenzó a
ser su prioridad y la relación pasó a un segundo plano. Cuando por fin, a
través de una vídeo llamada que volví a rogar, pude contemplar su piel dibujada
para la eternidad, supe que, aunque al llegar todo terminara, tenía que
recorrer su cuerpo decorado con aquella frase que desde los 15 años llevo conmigo
en lo más profundo de mi ser. Carpe Diem.
Además, no quería dejar que la mariposa muriese sin que yo la hubiera
disfrutado, ellas no duran más de una semana nada más nacer, a veces solo dos días, menos que el polvo de sus alas. Nada es para siempre, aunque creamos que los tatuajes sí, porque la
piel, también perece. Y así fue como, en uno de los últimos días de mi visita a
casa, no pudimos evitar caer rendidas a inaugurar el nuevo jardín blanco
impoluto que había alquilado.
Ni la humedad de fuera, ni la de
dentro, pudieron con el calor de ambos cuerpos reconociéndose en cada rincón.
Pero esta vez no hubo risas, ni juegos, ni bromas, ni tener que parar porque no
te puedes correr de las carcajadas. Esta vez, sentíamos que era la última. Y
ahí estaba, el insecto azulado en su hombro, que fui perfilando con la yema de mi
índice, dándole besos y abriéndole las alas con mis labios temblorosos, dejando
un reguero de humedad lagrimoso sobre sus antenas. Hacía muchos, muchos años que no lloraba con
un orgasmo, esa explosión de emociones cuando algo empieza o termina, esa fase
del enamoramiento que nos embelesa la vida. Ese culmen de los seis sentidos de
mujer, que eran doce, como las horas del reloj. La perfección en estado puro. Su
olor, su cuello con la silueta de un símbolo protector, ella ya sabía cuidar de sí misma. Ahora sí. Y acabó acariciándome con la mano cuyo antebrazo tenía
decorado el impreso de “vive el momento”. Y la amapola brotó, se le abrieron
los pétalos de par en par, dejando que el pistilo entrara en ebullición derramando
el polen como si fuera abril. La primavera se hizo en diciembre, el jardín de
su cuerpo coloreado, el pasado y el presente, la eternidad, tempus fugit, baila a la vida…Solo nos
faltaba taparnos con aquella sábana santa que pendía de la pared frontal de la
asociación y que hoy descansa con la Diosa de las feministas en un lugar
sagrado.
Hicimos el amor como si fuera el
principio, alfa, pero también omega, porque se sentía la pena en la despedida,
el desgarro de la separación. Tengo de fondo una música de piano, mientras
escribo, para sentir que soy yo la que de repente sé tocar un instrumento y soy
capaz de crear música mientras escribo poesía. Porque solo el desamor da las
herramientas para que las Musas te visiten, porque me vienen a ver y se van
despavoridas, no quieren quedarse, están esperando que, como las amapolas, siga
sobreviviendo considerada mala hierba entre los trigales.
Amapola, que hasta la semilla
hace gala en los herbolarios, amapola, que sirvió de calmante para los soldados
en los campos de batalla…droga de las drogas, libertad, tan bella que si la
arrancas muere de golpe. Fue la última polinización, y ahora, ando atrapada entre el frío asfalto, las
noches grises, el aire helado, esperando que los rayos de sol vuelvan a hacer
germinar las semillas. Porque dicen que a veces olvidamos que somos simiente,
que seremos raíz y que volveremos a resurgir, no me cabe duda, aunque ahora
mismo esté como las lombrices, agazapada en la tierra, fertilizando mi pequeño
espacio, ingeniera del subsuelo, drenando el manto con el llanto de los ángeles
sobre mí, esos que a veces, en el más absoluto silencio de mi soledad, me dan
un abrazo. Y es que olvidé que existía otro mundo, y al que dediqué mi vida, me abandonó.
Fuerteventura.
17.01.2026

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