sábado, 17 de enero de 2026

Lo que dura una mariposa...

 

Era mi regalo de reyes, pero no llegué a tiempo. Ya se había tatuado el cuerpo. También era el mío, pero me vine sin nada, con un bolígrafo que guardo en casa para ocasiones especiales, como el tesoro que no quieres volver a perder. Y un anillo, que llevo incrustado en el dedo desde la última oportunidad que nos dimos hace seis años. Me llegaron tarde las imágenes a tres mil kilómetros de casa, salió de la cita y olvidó compartirlo, estaba antes el trabajo. Desde septiembre, esa empresa comenzó a ser su prioridad y la relación pasó a un segundo plano. Cuando por fin, a través de una vídeo llamada que volví a rogar, pude contemplar su piel dibujada para la eternidad, supe que, aunque al llegar todo terminara, tenía que recorrer su cuerpo decorado con aquella frase que desde los 15 años llevo conmigo en lo más profundo de mi ser. Carpe Diem. Además, no quería dejar que la mariposa muriese sin que yo la hubiera disfrutado, ellas no duran más de una semana nada más nacer, a veces solo dos días, menos que el polvo de sus alas. Nada es para siempre, aunque creamos que los tatuajes sí, porque la piel, también perece. Y así fue como, en uno de los últimos días de mi visita a casa, no pudimos evitar caer rendidas a inaugurar el nuevo jardín blanco impoluto que había alquilado.

Ni la humedad de fuera, ni la de dentro, pudieron con el calor de ambos cuerpos reconociéndose en cada rincón. Pero esta vez no hubo risas, ni juegos, ni bromas, ni tener que parar porque no te puedes correr de las carcajadas. Esta vez, sentíamos que era la última. Y ahí estaba, el insecto azulado en su hombro, que fui perfilando con la yema de mi índice, dándole besos y abriéndole las alas con mis labios temblorosos, dejando un reguero de humedad lagrimoso sobre sus antenas. Hacía muchos, muchos años que no lloraba con un orgasmo, esa explosión de emociones cuando algo empieza o termina, esa fase del enamoramiento que nos embelesa la vida. Ese culmen de los seis sentidos de mujer, que eran doce, como las horas del reloj. La perfección en estado puro. Su olor, su cuello con la silueta de un símbolo protector, ella ya sabía cuidar de sí misma. Ahora sí. Y acabó acariciándome con la mano cuyo antebrazo tenía decorado el impreso de “vive el momento”. Y la amapola brotó, se le abrieron los pétalos de par en par, dejando que el pistilo entrara en ebullición derramando el polen como si fuera abril. La primavera se hizo en diciembre, el jardín de su cuerpo coloreado, el pasado y el presente, la eternidad, tempus fugit, baila a la vida…Solo nos faltaba taparnos con aquella sábana santa que pendía de la pared frontal de la asociación y que hoy descansa con la Diosa de las feministas en un lugar sagrado.

Hicimos el amor como si fuera el principio, alfa, pero también omega, porque se sentía la pena en la despedida, el desgarro de la separación. Tengo de fondo una música de piano, mientras escribo, para sentir que soy yo la que de repente sé tocar un instrumento y soy capaz de crear música mientras escribo poesía. Porque solo el desamor da las herramientas para que las Musas te visiten, porque me vienen a ver y se van despavoridas, no quieren quedarse, están esperando que, como las amapolas, siga sobreviviendo considerada mala hierba entre los trigales.

Amapola, que hasta la semilla hace gala en los herbolarios, amapola, que sirvió de calmante para los soldados en los campos de batalla…droga de las drogas, libertad, tan bella que si la arrancas muere de golpe.  Fue la última polinización, y ahora, ando atrapada entre el frío asfalto, las noches grises, el aire helado, esperando que los rayos de sol vuelvan a hacer germinar las semillas. Porque dicen que a veces olvidamos que somos simiente, que seremos raíz y que volveremos a resurgir, no me cabe duda, aunque ahora mismo esté como las lombrices, agazapada en la tierra, fertilizando mi pequeño espacio, ingeniera del subsuelo, drenando el manto con el llanto de los ángeles sobre mí, esos que a veces, en el más absoluto silencio de mi soledad, me dan un abrazo. Y es que olvidé que existía otro mundo, y al que dediqué mi vida, me abandonó. 




Fuerteventura.

17.01.2026

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